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"LOBAS DE MAR", BY ZOE VALDÉS EN LA MESA DE AUTOPSIAS, Y NO PRECISAMENTE POR SERVIDOR QUE LES CUENTA.

Por si alguno le cabe duda de tratar con el mayor rarito —e hijo de su gran madre—, de la historia de la narrativa moderna en cuestiones de edición (J.Madison, para servirles en lo que sea, cuando sea y para lo que sea) traigo una crítica, muy buena por cierto, hecha a la novela "Lobas de Mar", de la autoría de la "escritora" cubana Zoe Valdés y que bien vale su peso en oro por su estricta referenciación, sentido común y total acierto.

"Lobas de mar", novela histórica y de aventuras con la que Zoé Valdés ganó el Premio de Novela Fernando Lara del año 2003.

Histórica...

 

"Publica y seras crucificado"

Guillermo Cabrera Infante.

Dejo a continuación el blog de donde extraje el artículo:

https://www.rebelion.org/hemeroteca/cultura/040318hernandez.htm

Adelante, y no se olviden de tomar nota:

 

[...] En Lobas de mar aparecen también otra clase de frases francamente atroces que escapan a toda clasificación: “el oído ensordeció bruscamente y al rato recobró la audición” (p. 86); “de un malabarismo cayó esparrancada en brazos de su futuro esposo” (p. 95); “trajinó la frase en un canturreo” (p. 97); “entre tanta testosterona revuelta, incluso una escuálida ración de progesterona representaba una bendición celestial” (p. 101); “la celebridad de los valientes soldados era muy conocida” (p. 104); “Flemind se sembró en la cama cual amapola de campo colombiano” (p. 106. Nota: además del infeliz símil, la amapola no llegó a América hasta 1850, es decir, 153 años después de esta descripción); “el llanto surcó sus cachetes” (p. 109); “las piernas chapoteando dentro del enigma del peligro” (p. 111); “palmoteó mostrando alacridad puntillosa” (p. 140); “frases sinceras, aunque despavoridas en su resonancia” (p. 143); “pasó su mano por la frente hasta el cráneo” (p. 173); “amor mío, por un tris me salvé de guindar el piojo” (p. 183); “Mary, desguabinada ante el encanto de Calico” (p. 191)…

Llegados a este punto, podríamos suponer que es imposible superar el infortunio de esta obra, pero si el lector tiene paciencia y continúa leyendo, podrá comprobar que lo anterior aún no es nada.

Lenguaje de comics:

Una variante de esa clase de redacción cursi, al estilo Valdés, es el infantilismo grotesco con que suele describir las acciones de un combate. La incultura literaria de la autora —y el descuido de una editorial— ha puesto a circular por el mercado escenas como éstas, dignas del peor teveo: “De un trompón la tiró al suelo, desde el piso ella estiró la pierna y le zumbó una patada en la boca, con el filo del tacón del botín logró partirle un diente. Un espasmo de ira ensanchó el cuello celta del hombre” (p. 59-60); “podía afirmar que se sintió cómoda a campo traviesa, blandiendo la afilada espada en una mano y la pistola en la otra, el puñal entre los dientes, remolineando los brazos delante de la cara del pavoroso adversario. Desde su magnífico estreno, en que se vio inmersa en medio de tramposas ciénagas y de desamparadas trincheras, fue consciente de que se divertía haciéndole perder la paciencia y la vida a los cochinos contrincantes” (p. 87).

Semejante lenguaje desemboca muchas veces en lugares comunes que ya no se usan ni en los peores culebrones de TV. Así, en la novela se habla de “los desalmados bribones” (p. 185); “los abusos y chantajes a que fueron sometidos” (p. 186); “las cadenas opresoras” (p. 187); “el noble espíritu camaraderil del entorno” (p. 188); “compareció ante el lugar de los hechos” (p. 199), y otras linduras por el estilo.

Sería bueno aclarar que algunos comics, aunque tremebundos en sus descripciones, al menos tienen la gracia de una descripción con cierto sentido de la épica; algo que no se encontrará en Lobas de mar. A manera de ejemplo, baste el siguiente fragmento —una de las escenas más ridículas de la novela—, donde un pirata le dice a un subalterno:

“—Juanito, te dije que no estás obligado a luchar, puedes regresar a la cocina. ¡Son tus compatriotas! […]

“—¡Coterráneos, mi capitán, son sólo mis coterráneos! –aclaró el joven—. ¡Yo soy pirata, mi patria es la mar!

“—¿Has visto a Read y a Bonn? […]

“—¡Allá arriba, hace un rato, las vi colgadas de los mástiles, fajadas como dos monas, a las que los cazadores irán a arrebatar la prole!”

No satisfecha con este diálogo de circo y con la ridícula imagen simiesca con que se describe a las piratas, el hombre mira hacia lo alto para ver que Ann Bonny, “enganchada de una mano solamente, guindada al vacío, continuaba batiéndose…” (p. 182).

Un ejemplo donde la ridiculez desemboca en incoherencia psicológica se lee en la p. 27, con el siguiente diálogo entre Ann y un pirata al que acaba de conocer en un prostíbulo. Comienza hablando ella:

“—… Creo que contigo lo haré, más que por puro placer, por cariño. Has ganado, porque esta noche ansío ternura. Para una mujer como yo, resulta esencial cada cierto tiempo que me den amor.

“—¿Una mujer? No, mi cielo, todavía no te han hecho sentir como mujer, te prometo que de eso me encargaré yo… Dentro de nada, ya verás. Debo ducharme, pues tuve un altercado antes de venir, y el otro no quedó muy bien parado…”

Después que este pirata del siglo XVIII anuncia su necesidad de ducharse (¡en el siglo XVIII!), se nos dice que los personajes “templaron la noche entera” (p. 28), y al final el pirata le regala a la mujer “un anillo de oro coronado de diamantes y esmeraldas”, con lo cual ella empieza a saltar, diciendo:

“—¡Oh, es mío, es mío! ¡Miren lo que por fin he ganado! —Ann saltaba eufórica, olvidando sus elevados orígenes paternos y haciendo gala de los burdos maternos, revolcándose ellos.

“Las demás bailotearon a su alrededor, celebrando el acontecimiento, ¡un anillo, un anillo, habrá boda!”

En esta muestra de absurda tontería, el pirata regala el costoso anillo a una mujer con la que acaba de acostarse en un prostíbulo, y ya hay algazara de boda. Nótese de paso el lastimoso infantilismo con que se describe el anillo, algo que se repite con el resto de las joyas en la novela.

Otra escena, esta vez hilarante, es la captura de los piratas, que son llevados en fila india y amarrados. Al final del grupo, “Pirata, el perro del contramaestre Corner, y Lucrecia Borgia, la cotorra de Juanito Jiménez, desfilaron cabizbajos detrás de la comitiva hasta el final del trayecto” (p. 210).

No se equivoque el lector. No existe intención alguna de hacernos reír. El tono de la escena pretende ser tétrico y deprimente. En mi caso, confieso que la imagen de este perro y esta cotorra, caminando cabizbajos detrás de los apresados, provocó que la señora que viajaba a mi lado en el metro se separara un poco más de mí, debido al súbito ataque de risa que me dio.

Pero los pobres animales vuelven a hacer el ridículo en otra escena más. Durante el juicio, “Pirata, el perro, lloriqueó a sus pies cuando mencionaron el nombre de su amo con la inseparable cotorra encima del hombro lanudo” (p. 213).

Apartándonos de la payasada que significa poner a llorar a un perro en un juicio, ¿alguien puede decirme desde cuándo los canes tienen hombros? Que yo sepa —y según el diccionario— este detalle anatómico es privativo del ser humano y de los cuadrumanos.

Abuso de los “o sea”:

Quizás uno de los síntomas más evidentes del lenguaje primitivo e infantil de Valdés se encuentre en la cantidad de “o sea” empleados en la novela. La abundancia de esa partícula aclaratoria reafirma la pobreza narrativa del libro: “se mostraba bastante confiado, o sea harto ingenuo” (p. 34; de paso, olvidó la segunda coma); “pasados algunos minutos de pullerías, o sea, bajezas hirientes” (p. 75); “picoteada en un estúpido rapto de celos por su marido, quien sería el padre de la esposa secreta de Luis XIV, la marquesa de Maintenon: o sea, que técnicamente el suegro del rey de Francia había sido un criminal de connotada bajeza” (p. 88); “Mary, o sea, Billy Carlton” (p. 91); “Ann, o sea, Bonn” (p. 117); “había aprendido a pronunciar con cierta decencia el idioma enemigo, o sea, el castellano” (p. 150); “un lenguaje entre soez y guasón, adquirido en la Llave del Golfo, o sea, en Cuba” (p. 153); “Pirata, el perro de Corner, se ponía eufórico cuando ella se ponía mala, o sea, con sus reglas” (p. 154); “todavía su lengua no se ha desatado lo suficiente, o sea, que tenemos para rato” (p. 160); “reposaba en la enfermería, o sea, en el camarote individual del médico” (p. 167); “desde que Calico Jack vociferó la orden de orzar encarando al viento, o sea, de embestir” (p. 179); “el resto, o sea, los españoles” (p. 186); “salvo ese ineludible accidente, o sea la raja entre los muslos” (p. 194, de nuevo olvidó la segunda coma); “me enamoré perdidamente de aquel soldado, o sea, de ti” (p. 223). Y así, hasta el infinito.

O sea, un verdadero desastre.

Retórica enrevesada:

Muchas frases de la novela combinan la retórica más enrevesada con una redacción francamente lastimosa; otras, carecen de sentido o su redacción es tan confusa que es imposible saber qué quiso decir su autora.

Yo animo a la editorial Planeta a que instituya un premio, dotado —por supuesto— de unos generosos miles de euros, para el lector que logre explicar lo que quiere decir una sola de las siguientes frases: “se diluyeron vagas miradas de tibios óvulos oculares” (p. 10); “el espumoso oleaje disolvió lo onírico en el sexto sentido” (p. 10); “era cierto que le había visto enfermar de miedo, en fin, prefería eliminar el tema, quería olvidar al cobarde, además, recordó que con el mosquete apuntaba de modo vulgar, y con el sable no existía peor calamidad que la suya, destacó ella” (p. 56-57); “pactaron reconciliarse mesurando la importancia de las frases interrumpidas” (p. 60); “no distinguía ningún gesto poético en la demora perversa del regodeo teórico de lo sensual masculino, pero tampoco apreciaba la aceleración del abusador, ni la súbita hipocresía del caballero (p. 70); “atisbó encaracolados regodeos” (p. 138); “en absurda fanfarronería de congregación de nobles reinventados” (p. 139)…

En casos aún peores —esta autora siempre puede superarse—, la redacción es tan primitiva que el sentido final resulta un disparate o un contrasentido. He aquí algunos ejemplos: “rodaba la comidilla por todo el archipiélago que por esa razón decidió desaparecer sin dejar rastro” (p.56); “Charles Vane tintineó un par de pendientes en combinación con el collar que acababa de regalarle” (p. 63); “presintió el peligro, rodeada por una escaramuza” (p. 100); “cambiando supersticiosa de sitio la mirada” (p. 106); “se aprestaba sosegado para el ataque” (p. 172); “las rodillas no conseguían la lubricidad, se negaban a acuclillarse” (p. 181); “el alguacil, hombre menudo, uniformado y envuelto en una capa de paño negro que le arrastraba por el suelo” (p. 212)…

Incoherencias en la trama y los personajes

Las inconsistencias en Lobas de mar no sólo se relacionan con el lenguaje y la falta de conocimientos; también tienen mucho que ver con el pésimo manejo de la psicología de los personajes, ya que el modo facilista o ridículo en que actúan provoca incongruencias en la lógica de los acontecimientos. Por ejemplo, en muchas ocasiones algo que se dijo anteriormente es negado después por los hechos, un personaje o la propia narración. En otros casos, las escenas no sólo se vuelven absurdas por lo que acontece en ellas, sino por la reacción del personaje que la protagoniza. Pero vayamos por partes porque el embrollo es grande.

En la p. 20, mientras el aya es asesinada, ésta se pone a gritar: “¡Señora, venga a mí, ayúdeme, mírelo usted misma, es el diablo, su hija es el diablo! ¡Auxilio, Ann es el diablo, fíjese, hasta se masturbaba cuando entré aquí: sí, así, espernancada. ¡Auxilio…!

Resulta una caricatura alucinante la inserción de estas explicaciones y comentarios en los gritos de quien está siendo asesinada a puñaladas.

Poco después, al describir el cambio que se produce en esta muchacha que acaba de asesinar a su aya, se lee: “Ann vivió lo más normal posible, comía con apetito desmedido, bebía cerveza, ron y licores, salía a callejear y regresaba a observar el cadáver pudrirse tirado en el enlosado de ladrillos rojos…” (p. 21). ¿Alguien puede explicar cómo puede ser normal este comportamiento en una jovencita que creció al cuidado de unos padres y su aya?

Otro desatino psicológico aparece en boca de una modistilla que le prueba un vestido a la pirata Mary.

“… ¡Qué divinidad —exclamó admirada—, ya de hombre le iba todo de lo mejor, pero así de hembra, cualquiera diría una aparición de Anfítrite, la reina de los océanos, si tuviese el pelo rubio y los ojos avellanados! Perdone, hablo como una cotorra, es que estudio la mar, me fascinaría hacer un vestido bordado en cangrejos… Ya sé, estamos en guerra y yo fantaseando con los mariscos y la moda, qué caray, la vida sigue… ¡Pero, mírese, soldado, digo soldada, disfrútese en el espejo! ¡Oh, cual un ave de encendido plumaje, presta a emprender vuelo, y muy lejos!” (p. 98-99).

Para colmar la incoherencia verbal de este personaje —que habla con una mezcla de catedrático de barbería, de cubano del siglo XX y de protagonista de Corín Tellado (perdone, doña Corín)—, la escena culmina con que la señora le regala, sin ninguna razón, “el vestido de terciopelo rojo bordado en canutillos de oro y perlas de Malasia” a la pirata que venía a comprarlo. La generosidad de esta señora que trabaja para ganarse la vida deja pequeña a la Madre Teresa de Calcuta.

Algunas páginas después, cuando vuelven a reencontrarse, la misma tendera del siglo XVIII vuelve a la carga. Esta vez, parece haber ingresado en las filas de algún sindicato o partido político del siglo XX:

La guerra ha sido lo peor, mientras hubo guerra, los que tuvimos la suerte de sobrevivir lo hacíamos enarbolando el entusiasmo del patriotismo, y soñar con el futuro nos daba otra perspectiva” (p. 104).

En la pág. 79, Ann comenta a Augustine, una señora a la que nunca antes había visto:

—Es increíble el parecido suyo a una mujer con la que sueño desde que soy niña… Ella está en un barco, con sus hijos, en fin, creo que son sus hijos…

“—Ah, sí, desciendo de ella, la vieja zorra, Jeanne de Bellevilell, uno de esos chicos fue nuestro tatarabuelo, de Thibault y mío... Es probable que le hayan contado de ella, una de las más bellas aristócratas de Francia. A lord Oliver de Clisson, su esposo, le rebanaron la chola con una espada en…

Y así sigue. ¿De dónde puede deducir Augustine que la mujer con la que Ann dice haber soñado es, con toda seguridad, la madre de su propio tatarabuelo? ¿Dónde está la lógica de esa conclusión descabellada? Ni siquiera si Ann hubiera oído hablar de ella alguna vez, como insinúa Augustine, se justifica que sea precisamente una antepasada suya el personaje con quien sueña la extraña a la que acaba de conocer.

Cuando un soldado holandés, muy amigo de Mary, descubre que ésta es una mujer, al desvestirla junto al médico que la atiende de una herida, Mary y el soldado idean un duelo para revelar su verdadero sexo. ¿Por qué? ¿No era acaso igual darlo a conocer en ese momento, sobre todo teniendo en cuenta la debilidad física de ella? Así se explica el episodio:

Fingieron un duelo tomando como testigo al escuadrón. Nadie entendía aquella insólita disputa entre dos camaradas, y más, recién acabado uno de ellos de padecer peligrosa convalecencia. Al final, el cadete Billy Carlton rodó por tierra burdamente, al tropezar con una piedra invisible, ante los atónitos soldados. Flemind Van der Helst, arrodillado ante ella y de una andanada, confesó el secreto” (p. 93).

No hay ninguna justificación para ese duelo inventado. Todo lo contrario, se trata de una escena completamente tonta e inútil.

Nuevos desaciertos se producen cada vez que los personajes se juzgan a sí mismos, como ocurre en esta reflexión del pirata Calico. Nótese que el discurso sigue el estilo de incoherencia narrativa que ya hemos visto antes: “Otra vez, susurró histriónico que enfrentaría a la sonsacadora Atropos, quien cortando el hilo de la infinitud, le juzgaría miserable, vil en su pulquérrimo y angosto egoísmo. Dedujo que quizás ésta sería la última vez que él ordenaría una matanza, oh, sí, qué miserable, oh, Dios, no podía continuar haciendo de las suyas, manicheando y bravuconeando a diestra y siniestra” (p. 179).

Así, el propio pirata Calico se juzga miserable y egoísta porque hace “de las suyas, manicheando [no he podido averiguar qué significa esa palabra] y bravuconeando a diestra y siniestra”.

Y aquí llegamos a otro lamentable aspecto: la pésima construcción de los protagonistas. En efecto, dos de los personajes menos consistentes de la novela son Ann y Jack Calico.

En la p. 126, ella se refiere a los negros que van a ser vendidos como esclavos, calificándolos de “malditos ruines”. De inmediato Calico Jack reprende “a su mujer por usar semejante expresión humillante” (por demás, algo sin sentido en un bandido de semejante calaña, pero dejémoslo ahí). Pocas páginas después, el propio Calico decide que si los negros padecen de alguna enfermedad, “lo más coherente sería entregarlos de cena a los perros salvajes” (p. 133). Inesperadamente, Ann declara: “No es justo […]. No lo admitiré. Por encima de mi cadáver”. Pero más tarde, cuando la tripulación se pregunta qué hacer con los negros, Ann —olvidando su anterior promesa de morir por ellos—, replica tranquilamente: “arrojadlos al agua” (p. 204).

El juicio que se le hace a los piratas peca también de errático. En la p. 223, el presidente de la corte, después de enterarse de que las mujeres están encinta, determina concederles el indulto. Pero en el párrafo siguiente, dicta “la momentánea culpabilidad de Ann Bonny y de Mary Read, quienes deberían guardar prisión hasta que pariesen sus criaturas y, para esas fechas, entonces podrían reanudar el juicio”. A menos que la palabra indulto tenga otra acepción que no sea “remisión de una condena”, “gracia por la cual se remite o se conmuta una pena”, o cualquier otro significado diferente, el dictamen anterior no tiene ningún sentido.

Después de narrar los sufrimientos en prisión y la muerte de Read, ocurre un desplazamiento súbito e inexplicable. De pronto, Ann está libre sin que haya ocurrido transición ni juicio alguno. Es así como ocurre. Mientras acompañaba a Mary, que agonizaba en la prisión:

“Ann no quiso despegar la mejilla de la de su amiga. Recordó, cobijando la yerta mano de Read entre las suyas, que ese día ella cumplía veintidós años.

“Mary Read podría haber cumplido treinta ese mismo invierno. Ann depositó un mazo de gajos de framboyán en la tumba. Cargaba una hermosa recién nacida en brazos, su segunda hija. Dio la espalda y se dirigió a la playa…” (p. 224).

¿Cómo es posible que ni la autora, ni el jurado, ni la editorial, se hayan percatado —y consecuentemente corregido— esta inexplicable traslación desde una celda, donde se espera un juicio, a una tumba cercana a la playa?

Imposibilidades físicas y meteorológicas en alta mar:

Cuando una escena ocurre en medio de un huracán que se acerca, del cual leemos descripciones como ésta: “empezó a caer una tupida llovizna que levantó del suelo mucho polvo y vapor achicharrante, arreció al punto una lluvia torrencial con ventolera; en la distancia, los nubarrones se tornaron de grises a oscuros. La cortina del aguacero cubría el horizonte. ¡Ciclón, viene el ciclón!, vocearon los lugareños” (p. 80-81), y a continuación se nos describe cómo alguien intenta alcanzar un barco pirata en medio de la “ventolera huracanada” y del “encrespado oleaje” (p. 81) para de pronto sorprendernos con la frase “el sol desapareció detrás de un nubarrón” (p. 82), uno se pregunta si la autora de estas líneas es esquimal y no tiene idea de lo que es un huracán o si simplemente ha perdido el más elemental sentido de la lógica.

Por otra parte, no creo que haya que ser un experimentado marino para saber que, si hoy resulta complejo el cálculo de los desplazamientos en alta mar, debido a factores como las mareas, el viento o los fenómenos meteorológicos, mucho más difícil, por no decir imposible, debió ser calcular las distancias o la duración de un viaje a bordo de un velero pirata del siglo XVIII. Pero veamos cómo un pirata pronostica, con lujo de detalles, en qué momento preciso avistarán a un buque al que planean abordar. Días atrás, habían recibido el aviso de “un allegado del gobernador de La Tortuga”, quien afirmaba que un galeón español, procedente del Perú,

había pasado por México y se dirigía hacia aquellas aguas. Este es el diálogo entre Ann, quien hace la primera pregunta, y el capitán pirata:

—¿Para cuándo el galeón?

“—Saqué mis cuentas según los días, las horas, las leguas, el trayecto… Exacto, lo que se dice exacto, mañana al amanecer.

“—¿Temprano, más o menos?

“—Al alba, aclarando.” (p. 116)

Casi me quedé esperando que el pirata añadiera la cantidad de segundos que faltaban para el encuentro.

Otro dislate, esta vez provocado por el mal manejo del lenguaje, ocurre en la p. 118, cuando se dice: “Por fin, gigantesco en la lechosa y cegadora luz de media mañana, irrumpió el galeón, portando el estandarte español”. Me siento un poco necio por tener que aclarar al lector que un galeón no puede “irrumpir” en medio del océano, porque “irrumpir” es “entrar violentamente en un lugar”.

Una violación absoluta de las leyes físicas del universo se produce en la p. 157, cuando un barco choca contra una roca que flota. Literalmente, el texto dice: “el galeón trastabilló, fallando en su rielar monótono; chocó con un fragmento flotante desprendido de una roca…

Como colofón de esta innovadora historia, se narra que los piratas suelen comer su barco como si estuvieran en el Ritz Carlton de París, cuando ya se sabe que la ausencia de refrigeración no sólo imposibilitaba la abundancia y variedad de carnes, sino de frutas o legumbres frescas: “cenaron chicharrones de jabalí salvaje, bistecs de tortuga adobados con limón verde, ajos y cebollas en curtido; pepinos también en curtido, papas horneadas, y bebieron buen vino francés…” (p. 115); “como postre degustaron coquito rallado a la habanera y requesón” (p. 116); “recortó en rebanadas el salmigondi o salpicón, un cilindro compacto de res cocido en caldo de cebollas y ajos. Sirvió en los platos ribeteados en oro, añadió la guarnición de aguacate, tomate, pepino y pasta de frijoles colorados, aliñados con aceite de oliva y vinagre de sida. También preparó un tercer plato destinado a Read. Brindaron en copas espumosas de Mumme, la cerveza alemana…” (p. 168).

Me pregunto dónde se guardaría tan exquisita vajilla durante las tormentas, los asaltos y las batallas a cañonazos.

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Uf, ya se sabe que los premios planeta están dados a dedo, pero podían disimular un poquito, ¿no?

La verdad es que descorazona bastante pensar que es más fácil que te publiquen si tienes un buen padrino que si te esfuerzas en aprender.

Hola Sue.

 

Que bueno este articulo, de verdad que sí. Concursos hay tantos malos, como muy serios, la verdad sea dicha. La idea es aprender a editar los textos y presentarlos ante el lector lo mejor posible.

En el articulo podemos apreciar de qué va un trabajo real de edición. No sólo buscamos donde va, o no, la coma o el punto. Hay muchas cosas a ultimar en un texto antes de dar el OK para su publicación en referencia al estilo: si el personaje usa un lenguaje acorde a la época y lugar, si actúa con coherencia dentro de los diálogos o en cualquier acción que desarrolle. Si el mobiliario que se describe corresponde (o el vestuario, o la comida que el autor esta poniendo en la mesa de sus personajes)

Le tengo mucha fe a la auto publicación, siempre que el texto tenga calidad. Hay que buscar gente que e tienda de edición y presentarles nuestro texto antes de publicar. Apuesto por la auto publi Aún a sabiendas de que el trabajo por parte de un autor es mucho mayor en lo que refiere a los asuntos publicitarios y de distribución que cuando se está bajo el abrigo de una editorial fuerte.

Abrazo.

Gracias por leer y comentar, querida Sue.

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Pues fíjate que a mí no me gusta nada la autopublicación, aunque suene incongruente ya que lanzamos el libro.  La mayoría de libros que he leído autopublicados están plagados de errores por decir algo suave...  Suelo huir de ellos, la verdad.

Sí Sue.

Si se opta por esa vía, es imprescindible contratar los servicios de algún editor antes de lanzarse y hacer, además, que varios lectores beta le den el visto bueno. La mayoría publica sin tomar precauciones, pero no quiere decir que la auto publicación no sea un bien recurso para sacar a la luz un texto, sea cual sea el registro. Si nos ponemos a una podemos hacer de esta casa un lugar donde sus miembros puedan lograr que brillen los textos. Pero para eso hay que trabajar muy duro y en equipo.

 

Yo creo que se puede lograr.

 

Abrazo.

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Requiere tiempo y paciencia, cosas de la que carezco en abundancia, jajajaja. Pero bueno, lo intentaremos.

Jajajajajaja, ya. Cierto Jefa. No lo voy a negar.

 

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